Aquelarre de colores

Decidí sentarme en la acera a observar el show  y poder fotografiar para siempre en mi memoria el aquelarre. Un pestañeo basta para congelar la vida.

Para no olvidar la belleza de su arquitectura y sus colores.

Y poder volver.

Las carrozas no dejaban de pasar repletas de chicos y chicas semidesnudos. El hielo ya se había convertido en un amasijo de agua en el suelo y las gotas de sudor terminaban su viaje en el borde de aquellos shorts vaqueros.

Los mejores hits de los 90 sonaban por doquier y mi amiga no dejaba de hacerse selfies. El vaivén era tal que recordar una cara era imposible.

Había purpurina. Y gente sedienta.

Durante horas bailamos bajo el sol. Y bajo las estrellas. Con cada movimiento, con cada sonrisa y con cada abrazo el peso se iba desvaneciendo. Como la hinchazón desaparece tras la bolsa se guisantes.

Porque no hay mejor cura que el calor de quién te quiere.

Me acerqué de nuevo al grupo y abracé a mis amigas por la espalda. Cada una me besó en una mejilla y siguió bailando. 

El cansancio y el triunfo colocaron el broche final a la aventura. Y mi cuerpo se desvaneció por las calles aledañas a la avenida.

 

 

 

 

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Camino a la ciudad

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Con la certeza de que esta sería la última vez, decidió estirar su mano frente al espejo y sentirse. Por primera vez en mucho tiempo. El cristal frío y sucio reflejaba cada latido de su corazón.

Retiró su mano y se buscó la cara. Sólo encontró ira.

Se aplastó las tetas como si de dos estropajos viejos se tratasen. Se buscó como sólo una madre puede buscar a su hijo perdido; con la desesperación y el anhelo de que todo pasará pronto. Y  palpó el cuerpo que jamás volverían a ver.

No dolió.

Frente al espejo, inmóvil pero sereno repasó cada uno de los nombres que jamás volvería a recordar. Compañeros de clase, familiares y conocidos se fueron por el retrete de aquella casa vieja y enmohecida que le vió crecer. Imaginó las calles y aulas en llamas.

El recuerdo de los golpes e insultos hicieron brotar la última lágrima. 

Decidió tirar también memorias, sollozos y anhelos.

Y de repente, cada momento doloroso se esfumó como se esfuma el humo del cigarrillo encendido.  Se cepilló la peluca mirándose fijamente en el reflejo y cerró para siempre aquella puerta.

 

Playa

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Cuando nos despedimos de la playa el pecho se encoge y el aliento se entrecorta. Cómo la despedida nerviosa con una amiga que decide marchar a Londres a buscar mejor suerte.

Y cómo robots con pilas nos movemos esperando el nuevo sol, con la esperanza de algún día llenar de nuevo de aire puro los pulmones. Y coger fuerzas para caminar de nuevo bajo la lluvia. Bajo la heladora caricia de los días. Bajo la sombra gris del gran reloj que con precisión marca la salida.

Porque cuando vivimos en bañador, se convierte la juventud en aliada. La juventud deja de tener edad, para siempre. Porque lo sientes en tu piel. Una piel morena, sensual.  Una piel libre, donde la camiseta es un mero  trapo de quitar el polvo. Y el sol dibuja las líneas de expresión de tus ojos.

Cuando decimos adiós con la mano al vaivén de las olas, nos despedimos también de  la arena de la playa en los pies. De la brisa del mar.

De las noches infinitas bajo las estrellas. Del fuego ardiente de aquel amor de verano. Del sudor de las miradas, de los cuerpos que se mecen como un balancín oxidado sin rumbo.

Y adoptamos como compañera a la rutina.

Madre

¿Porque yo madre?

No encuentro respuesta.

El agua corre entre las manos como el deshielo de la montaña corre por el río hacia el mar.

El vaso, siempre vacío. Siempre transparente.

No se vislumbra el final.

– Que he hecho mal, madre?

La piel arde como una quemadura que nunca termina. Y duele. La llaga nunca se cierra.

El rio nunca deja de correr como el miedo que nunca deja de perseguir.

Miedo a que hijo mio? Pregunta la madre.

Acuéstate en mi pecho. Descansa.

Se derrumba el hijo en lágrimas en los brazos de la madre. Mientras la madre le sostiene con la fuerza de mil hombres. La pena pesa más que sus huesos. Y no hay consuelo.

Entre mocos y lágrimas se escucha un balbuceo. Y la madre aguanta. Y aguanta.

-No te dejaré caer amor mío. Nunca. Cual es tu pena?

El hijo clava la mirada en los ojos de la madre como si fuese su último aliento.

– Soy gay, madre.

¿Todavía me quieres?

Esperanza

No. No. No.

No eres suficientemente alto. Ni suficientemente bueno. Ni delgado. Ni femenina. Qué mal estudiante! Que despojo. Que inhumano.

Solo basta con mirar de reojo para volver a escuchar a aquella maestra franquista o aquel compañero envidioso. Aquella vecina o aquel desconocido.

¿En qué momento señor mío permitimos tanta desidia? 

Que dañinas! Como balas que atraviesan los niños con el odio. Y los envenenan. Y luego los culpan. Los juzgan por su ira, por su rabia. Por un enfado tan legítimo, como legítimo fué el veneno de la serpiente.

Cómo hemos errado como padres. Cómo amigos. Cómo hermanos. Porque sólo había que cambiar los noes por sies.

Eres suficiente hija. Eres bueno. Eres preciosa. Eres única e irrepetible. Me encanta como dibujas. Cómo caminas. Esos tacones hijo; te quedan preciosos. 

Desapareció la rabia. 

Porque luego, es muy tarde. Tráeme flores en vida, amor mío. No me las traigas en muerte.  

Como un 25 de Abril portugués. Con la valentía de todas aquellas mujeres que se unieron para poner fin a la guerra y con flores taparon las armas.

Esas serán nuestras armas! Usaremos las flores para combatir el miedo. Y desaparecerá el enfado, y desaparaecerán los fantasmas de las aulas. Y las armas también se esfumarán de los recreos.

Y aquella madre podrá de nuevo dormir en paz.

Zapatitos rojos

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El  mundo que conocías, tú mundo, se esfumó. Se derribó como se derriba un montaña de naipes con el viento. Te dió la espalda por ser quién eres. Por ser mujer. La calle. La calles es más segura que los golpes y el odio. Corres.

Llega la noche y con ella el miedo, el frío y los fantasmas. Caminas a oscuras por la acera dirección a la luz. Porque el día es lo único que puede salvarte. Que se esfume pronto la oscuridad. Caminas con tu pequeña bolsa de deporte en la mano y tus zapatitos rojos de tacón. La vida se ha vuelto tan inestable como cada zancada que avanzan tus pies. Suena un violín de fondo. El suelo helado y sucio congela tus piernas.

No intentes cerrar los ojos, porque puede que sea este el último parpadeo. En ocasiones rezas al cielo para que lo sea. Hay que seguir. Hay que encontrar algo de comida. El hambre y el cansancio dibujan tu rostro. La tensión corrompe cada uno de tus pensamientos y ya no te quedan fuerzas para llorar. El silencio y la soledad invaden tu alma como el fuego invade el bosque. Y  lo convierte en cenizas.

Arañas los primeros rayos de sol con la esperanza de vivir un día más y sin darte cuenta te desplomas entre dos sillas de oficina. Y te hundes. Te hundes con esta sociedad. Cogidas de las manos soñando que algún día todo va a cambiar.

Suena un violín de fondo.

 

Gender Revolution Documentary

 

“Gender Revolution” ha cautivado mi corazón. Un documental producido por National Geographic para dar voz a aquellos que solo la tienen en Youtube.

Y quiero apuntar que Youtube me encanta y que luego hablaré de él; pero creo que tienen una audiencia  muy joven, maravillosamente dinámica y que está cambiando el mundo pero que no conecta del todo con personas de edades más avanzadas. Sin embargo, Netflix que es la plataforma a través de la cual he visto el documental es capaz de llegar a adultos, familias y otros segmentos sociales con más facilidad; al menos en América.

El documental habla de la historia y la evolución de las personas intersexuales y transgénero. Trata ambos conceptos exponiendo diferentes casos de jóvenes y adultos que se enfrascan en una conversación sobre de qué manera está el mundo cambiando en materia de sexualidad. Uno de los momentos que más me gustaron del documental fue la explicación sobre la diferencia entre el género y el sexo. Ese concepto que tanto cuesta a algunas personas y que se da en órganos diferentes. El sexo es la anatomía que tiene un a persona, mientras el género es lo que la persona siente. En ocasiones sexo y género se conectan y en otras ocasiones no. De ahí que exista todo un espectro tan diverso, ya que, “el sentir” no se puede controlar y puede que sea o no cambiante en el tiempo. El documental está dividido en tres partes: un pasado binario donde solo existía el hombrey  la mujer, con historias que reflejan el dolor y la ansiedad de una sociedad dominada por la moral católica; el presente con historias de familias que dan voz a sus hijos y abogan por que esos niños y niñas crezcan sanos y felices luchando contra viento y marea durante el proceso de  cambio; y un futuro en el que todos tienen esperanza, un rayo de luz al que agarrarse en la lucha, pero que todavía está muy lejos de aquello que todos anhelamos.

En el documental hay una diferencia abismal entre los testimonios de personas trans o inter que han vivido su proceso de transición en épocas diferentes. Un pasado lleno de rechazo y absoluta soledad, incertidumbre y desinformación y un presente realmente conectado. Y aquí es donde entra internet, Youtube, el mundo global y el acceso a la información. Nos encontramos con menores que graban sus experiencias saliendo del armario, sus procesos de reafirmación de sexo, sus miedos, sus esperanzas y las comparten en estos canales de forma pública para que en la otra punta del planeta si hay alguien que necesita sentir que no está sólo puede con un solo click conectar con alguien en la misma situación y establecer un diálogo. ¿No es una maravilla?