OASIS Colònies per adolescents LGTB

 

 

Ya tenía muchísimas ganas de hacer esta entrada. Por fin he tenido un pequeño ratito para sentarme a escribir y compartir con todos los amigos y lectores de mi blog este maravilloso proyecto que se llama OASIS.

OASIS nace hace 5 años en Barcelona con el objetivo de cubrir el vacío que existía en ocio y diversión para jóvenes LGBTQ+ durante la época estival.

Es un campamento de verano para jóvenes LGBTQ+ entre 13 y 17 años que se celebra en Cataluña (este año 2019 ya es su quinta edición) El equipo de  OASIS escoge una zona en la naturaleza y durante varios días jóvenes trans, queer, gay, etc. conviven y comparten un espacio de libertad donde poder expresarse tal y como son. Como en cualquier campamento adolescente tienen talleres, juegos, piscina, baile y las emociones a flor de piel.  El respeto es la base y pilar fundamental  de todas las actividades. Expresión, arte y creatividad  es lo que estos jóvenes experimentan por unos días sin miedo a ser juzgados o cuestionados por sus acciones y/u opiniones.

Además de su campamento de verano y debido a la demanda de los jóvenes de mantener reuniones y actividades más a menudo OASIS ha pasado a formar parte del Centro LGBTQ+ de Barcelona donde se reúnen el primer miércoles de cada mes.

Para información más detallada pueden encontrarles en Instagram y Facebook

Me enorgullece mucho ver como los propios jóvenes son los que están demandado espacios de encuentro  donde poder socializar y divertirse de una manera sana y que lucha contra el estigma y la marginalización que algunos sufren debido a su identidad sexual o de género. Espero que otras ciudades tomen ejemplo y fomenten este tipo de espacios y actividades y podamos ver crecer más y más proyectos como OASIS.

PD: El vídeo lo explica todo. Te aconsejo que lo veas. Esas sonrisas de felicidad me han sacado unas lágrimas. Gracias de corazón a todos los que formáis parte de un proyecto tan bonito y tan necesario.

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Casa Xtravaganza

En el Nueva York de los años 80 los apeaderos cercanos al río Hudson eran un bullicio de señoritas trabajando en faldas de leopardo y tacones imposibles. También merodeaban jovencitos en busca de experiencias fuertes, los cuales no pensaban jamás mirar atrás o volver a casa. La mayoría desterrados y maltratados por sus familias debido a su condición sexual. El colectivo LGTB caía como moscas, y el VIH se expandía como la pólvora entre agujas y orgías.

Entre el miedo y aquel amasijo de incertidumbre algunas personas comenzaron a agruparse en lo que llamaron ´casas´ para defenderse y velarse. Sin juicio.  Los adultos enseñaban a los más jóvenes el arte ´de hacer la noche´ minimizando riesgos y aumentando la seguridad de aquellas transacciones. ´Las madres´ adoptaban a aquellas ´hijas´desconocidas y las cuidaban como si hubiesen salido de su vientre. Se protegían como familia, terminando así con la probabilidad de vivir en la calle. La gente se mataba por formar parte en alguna familia. Normalmente las familias se agrupaban por razas. Famosas se hicieron la casa Xtravaganzza liderada por Daniel Xtravaganza  y la Casa de LaBeija de liderada por Pepper LaBeija. 

Pero entrar en una de las familias no era sencillo. Había que conocer bien la subcultura neoyorkina de los 80 y ganar un trofeo en ´The balls´ Los ´balls´eran fiestas donde las ´casas ´ ´peleaban´ bailando el ´Vogue´que más tarde puso de moda Madonna en los años 90. Los´balls´se dividían en subcategorías y los participantes tenían que sorprender al jurado con sus vestidos, sus movimientos y su actitud. Ganar uno de aquellos preciados trofeos era todo lo que importaba.

La subcultura ´Vogue´del Nueva York de los 80  comenzó a crecer y hacerse mainstream. Lo que empezó como una forma de prevención para evitar que los jóvenes LGTB terminaran viviendo en la calle acabó  inspirando la moda, la música y el arte de los años 90. Libros como `The House of Impossible Beauties´ o el documental ´Paris is burning´ retratan perfectamente una de las épocas más duras del colectivo LGBT y cómo la lucha unida consiguió sacar cientos de jóvenes de las calles.  El documental `Strike  a Pose´ (Disponible en Netflix)  es la experiencia viva de cómo se vivieron los 80-90 en las calles de la ciudad que nunca duerme.

 

 

 

 

Aquelarre de colores

Decidí sentarme en la acera a observar el show  y poder fotografiar para siempre en mi memoria el aquelarre. Un pestañeo basta para congelar la vida.

Para no olvidar la belleza de su arquitectura y sus colores.

Y poder volver.

Las carrozas no dejaban de pasar repletas de chicos y chicas semidesnudos. El hielo ya se había convertido en un amasijo de agua en el suelo y las gotas de sudor terminaban su viaje en el borde de aquellos shorts vaqueros.

Los mejores hits de los 90 sonaban por doquier y mi amiga no dejaba de hacerse selfies. El vaivén era tal que recordar una cara era imposible.

Había purpurina. Y gente sedienta.

Durante horas bailamos bajo el sol. Y bajo las estrellas. Con cada movimiento, con cada sonrisa y con cada abrazo el peso se iba desvaneciendo. Como la hinchazón desaparece tras la bolsa se guisantes.

Porque no hay mejor cura que el calor de quién te quiere.

Me acerqué de nuevo al grupo y abracé a mis amigas por la espalda. Cada una me besó en una mejilla y siguió bailando. 

El cansancio y el triunfo colocaron el broche final a la aventura. Y mi cuerpo se desvaneció por las calles aledañas a la avenida.

 

 

 

 

Camino a la ciudad

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Con la certeza de que esta sería la última vez, decidió estirar su mano frente al espejo y sentirse. Por primera vez en mucho tiempo. El cristal frío y sucio reflejaba cada latido de su corazón.

Retiró su mano y se buscó la cara. Sólo encontró ira.

Se aplastó las tetas como si de dos estropajos viejos se tratasen. Se buscó como sólo una madre puede buscar a su hijo perdido; con la desesperación y el anhelo de que todo pasará pronto. Y  palpó el cuerpo que jamás volverían a ver.

No dolió.

Frente al espejo, inmóvil pero sereno repasó cada uno de los nombres que jamás volvería a recordar. Compañeros de clase, familiares y conocidos se fueron por el retrete de aquella casa vieja y enmohecida que le vió crecer. Imaginó las calles y aulas en llamas.

El recuerdo de los golpes e insultos hicieron brotar la última lágrima. 

Decidió tirar también memorias, sollozos y anhelos.

Y de repente, cada momento doloroso se esfumó como se esfuma el humo del cigarrillo encendido.  Se cepilló la peluca mirándose fijamente en el reflejo y cerró para siempre aquella puerta.

 

Playa

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Cuando nos despedimos de la playa el pecho se encoge y el aliento se entrecorta. Cómo la despedida nerviosa con una amiga que decide marchar a Londres a buscar mejor suerte.

Y cómo robots con pilas nos movemos esperando el nuevo sol, con la esperanza de algún día llenar de nuevo de aire puro los pulmones. Y coger fuerzas para caminar de nuevo bajo la lluvia. Bajo la heladora caricia de los días. Bajo la sombra gris del gran reloj que con precisión marca la salida.

Porque cuando vivimos en bañador, se convierte la juventud en aliada. La juventud deja de tener edad, para siempre. Porque lo sientes en tu piel. Una piel morena, sensual.  Una piel libre, donde la camiseta es un mero  trapo de quitar el polvo. Y el sol dibuja las líneas de expresión de tus ojos.

Cuando decimos adiós con la mano al vaivén de las olas, nos despedimos también de  la arena de la playa en los pies. De la brisa del mar.

De las noches infinitas bajo las estrellas. Del fuego ardiente de aquel amor de verano. Del sudor de las miradas, de los cuerpos que se mecen como un balancín oxidado sin rumbo.

Y adoptamos como compañera a la rutina.

Madre

¿Porque yo madre?

No encuentro respuesta.

El agua corre entre las manos como el deshielo de la montaña corre por el río hacia el mar.

El vaso, siempre vacío. Siempre transparente.

No se vislumbra el final.

– Que he hecho mal, madre?

La piel arde como una quemadura que nunca termina. Y duele. La llaga nunca se cierra.

El rio nunca deja de correr como el miedo que nunca deja de perseguir.

Miedo a que hijo mio? Pregunta la madre.

Acuéstate en mi pecho. Descansa.

Se derrumba el hijo en lágrimas en los brazos de la madre. Mientras la madre le sostiene con la fuerza de mil hombres. La pena pesa más que sus huesos. Y no hay consuelo.

Entre mocos y lágrimas se escucha un balbuceo. Y la madre aguanta. Y aguanta.

-No te dejaré caer amor mío. Nunca. Cual es tu pena?

El hijo clava la mirada en los ojos de la madre como si fuese su último aliento.

– Soy gay, madre.

¿Todavía me quieres?

Esperanza

No. No. No.

No eres suficientemente alto. Ni suficientemente bueno. Ni delgado. Ni femenina. Qué mal estudiante! Que despojo. Que inhumano.

Solo basta con mirar de reojo para volver a escuchar a aquella maestra franquista o aquel compañero envidioso. Aquella vecina o aquel desconocido.

¿En qué momento señor mío permitimos tanta desidia? 

Que dañinas! Como balas que atraviesan los niños con el odio. Y los envenenan. Y luego los culpan. Los juzgan por su ira, por su rabia. Por un enfado tan legítimo, como legítimo fué el veneno de la serpiente.

Cómo hemos errado como padres. Cómo amigos. Cómo hermanos. Porque sólo había que cambiar los noes por sies.

Eres suficiente hija. Eres bueno. Eres preciosa. Eres única e irrepetible. Me encanta como dibujas. Cómo caminas. Esos tacones hijo; te quedan preciosos. 

Desapareció la rabia. 

Porque luego, es muy tarde. Tráeme flores en vida, amor mío. No me las traigas en muerte.  

Como un 25 de Abril portugués. Con la valentía de todas aquellas mujeres que se unieron para poner fin a la guerra y con flores taparon las armas.

Esas serán nuestras armas! Usaremos las flores para combatir el miedo. Y desaparecerá el enfado, y desaparaecerán los fantasmas de las aulas. Y las armas también se esfumarán de los recreos.

Y aquella madre podrá de nuevo dormir en paz.